El problema de México es político y mientras no se arregle las cosas irán de mal en peor. El reclamo a Felipe Calderón en Juárez, tras la masacre de jóvenes en esa frontera, refleja el grado de angustia y crispación social. Muestra también, en todo su drama, una de las distorsiones más perniciosas para el país: la creencia de que el presidente, como en el pasado, es la única autoridad; y en consecuencia, todo lo puede. Por ejemplo, resolver la violencia desbocada, el desempleo sin freno, la pobreza expansiva. Así se educó al pueblo por décadas y acaso por centurias.
Celebramos nuestra independencia de España, pero doscientos años después no hemos podido emanciparnos de ataduras y servidumbres políticas, ni tomado el control del país y de sus decisiones trascendentes. El deporte nacional de moda no es otro que pegarle al presidente y culparlo de todos los males que al país afligen. No nos percatarnos de que hoy, a diferencia de hace diez, quince años, la existencia de otros actores es real, no figurativa ni condicionada a la voluntad presidencial. Omnipotente, sí, ¿pero a qué costo?
Hoy, según parece, la principal motivación es que al presidente le vaya mal, como si su suerte y la del país estuviesen disociadas. Existe otra: las elecciones de 2012, como si el sucesor de Calderón, solo por serlo, fuese a heredar un país distinto, sin problemas ni rezagos cada vez más dolorosos y profundos. Como si el futuro jefe de Estado y de gobierno —del PRI, el PAN o el PRD— fuera capaz de construir en seis años una nación sobre las ruinas de otra. El presidente y su partido han cometido errores y por ellos han sido calificados ya en las urnas y volverán a serlo en el futuro.
Sin embargo, la lógica más elemental aconseja empezar a resolver desde ahora los conflictos, con largueza y visión de Estado. Ahondarlos, en aras de la rentabilidad política, hará más difícil la tarea y colocará al país en una circunstancia todavía más comprometida. No es paradójico que esta situación se presente en democracia; al contrario, es consustancial a ella. El meollo radica en que la nuestra es todavía incipiente. En lugar de primero caminar, decidimos dar grandes zancadas. Los resultados están a la vista.
Si Borges se declaraba “podrido de literatura”, México lo está de mala política y de políticos mediocres, trepadores, codiciosos. Volvemos al punto de partida: el problema es político. La mezquindad, no la grandeza, domina el debate nacional. En ese ambiente, el odio suplanta a la concordia. ¿Quién puede así ganar? Nadie. Pierde el país, perdemos todos. Si comprendemos que el mundo entero está en crisis y que sólo con la fuerza colectiva es posible superarla, habremos dado el gran salto hacia delante. Pero con grilletes, ¿cómo?
La solución no consiste en regresar a la gobernanza engañosa del pasado, en la que el presidente de la República imponía su voluntad y todo el mundo se plegaba. Se trata, por el contrario, de ampliar la participación ciudadana, fortalecer las libertades y dotar al país de mecanismos que permitan —al partido que corresponda— dirigirlo con autoridad y de manera eficiente y clara. Churchill nos recordará siempre: “Los males de la democracia se curan con más democracia”.


