Rodrigo Medina es ejemplo de una sucesión caprichosa, desafortunada y destinada al fracaso. Si a la mujer del César se le exige ser no sólo honrada, sino parecerlo, al heredero de José Natividad González los nuevoleoneses le reclaman “ser” y “parecer” gobernador, pues en nueve meses de administración no ven ni lo uno, ni lo otro. Medina está rebasado en todos los frentes. La jerarquía católica, que aprovecha tan bien la coyuntura política para llevar agua a su molino, ironiza a sus costillas: no es preciso dar la vida por el Estado, como prometió en campaña, basta que dé la cara. Y es que el “mandatario”, al menor chasquido, pone pies en polvorosa.
Un gobernador debe ser ante todo un líder y atenerse a las consecuencias. Flores Tapia logró en su sexenio inversiones que Alfonso Martínez Domínguez pretendía para Nuevo León, por su impacto y trascendencia: General Motors, Chrysler, De Acero, Sabritas, entre otras que liberaron a Saltillo y a Ramos Arizpe de ataduras y con el tiempo las convirtieron, jactanciosamente, en la “Detroit mexicana”. Don Óscar me contó un día que esos éxitos le costaron intrigas y campañas negras.
Cuando una racha de incendios arrasaba, en los noventa, bosques de la sierra de Arteaga, el gobernador Eliseo Mendoza organizó y encabezó brigadas para combatir el siniestro, con más voluntad que instrumentos. La prensa regiomontana consignó el hecho y exhibió a Jorge Treviño. Le reprochó que mientras él se miraba el ombligo, su colega coahuilense apagaba fuego en la Sierra Madre correspondiente a Nuevo León.
Ahora es a Medina a quien se cuestiona por temas harto sensibles para el estado, en particular para los regios: deudas y dinero. Los economistas Gerardo Ruiz y Jorge Ibarra —especialistas en finanzas públicas— coinciden en que el gobernador Humberto Moreira “le da clases” a su par y vecino Rodrigo Medina en materia de inversiones. Señalan que en ese rubro, Coahuila ejercerá nueve mil diecisiete millones de pesos este año, equivalentes al 31.6 por ciento de su gasto, contra nueve mil veinticuatro millones, el diecinueve por ciento, de Nuevo León.
La paridad se pierde al comparar el tamaño de los presupuestos de uno y otro estado: el de Coahuila es de veintinueve mil millones de pesos; el de Nuevo León ronda los cuarenta y siete mil millones. En deuda pública, la diferencia es mayor. Según los expertos, al cierre de 2009 Coahuila acumuló pasivos por mil ciento noventa y ocho millones de pesos. Nuevo León debía entonces más de veinticuatro mil millones.
El análisis de Ruiz e Ibarra acredita el manejo de las finanzas coahuilenses en tiempos difíciles y reprueba no sólo a Medina, sino a su predecesor, González Parás, por hipotecar al estado y disminuirle capacidad para emprender obras sociales y de infraestructura. Humberto Moreira tiene, pues, de que presumir. Pues cuando el reconocimiento a un gobierno procede de afines, por lo regular desmerece e incluso genera suspicacias, pero cuando proviene de sectores críticos, el mérito adquiere otra dimensión. El halago a Moreira, desde Monterrey, tiene otro propósito: resaltar la incompetencia de Medina y decirle a los nuevoleoneses que su elección fue equivocada.


