En el libro “Setenta y contando”, Roberto Reyna relata su amistad con Mariano López Mercado, a quien el PRI de Coahuila homenajeó el 19 de julio en Saltillo. El hijo del entonces gobernador, Raúl López Sánchez, llegó a casa de Reyna, en auto de lujo y con chofer, a invitarlo al equipo de beisbol que entonces capitaneaba. A partir de ese momento fueron amigos. Ambos se reencontraron en la Ciudad de México años más tarde, cuando el presidente Alemán integró a su gabinete al padre de Mariano. “Esas son amistades”, dice Reyna en su libro, prologado por Felipe Garrido: “un abogado en la Marina”.
Reyna era invitado frecuente a la casa de Mariano. En las páginas de “Setenta…” cuenta de las comidas y cenas en la residencia del gobernador, suntuosas y siempre bajo las más estrictas normas de etiqueta. Un día, mientras jugaba con su amigo, Roberto uso el sanitario del estudio de López Sánchez. Antes de salir escuchó la voz del gobernador —“cuidado cuando mi papá habla bajito”, le había advertido Mariano—. Sobre la mesa vio varias armas.
Mientras aguardaba que don Raúl hiciera mutis, entró otra persona. El gobernador, en voz bajita pero audible por el silencio imperante, le recriminó las críticas contra su administración. Entonces supo que el visitante era periodista. López Sánchez, frente al pequeño arsenal, le invitó a “recapacitar” sobre lo que escribía. Fin de la historia, la filípica surtió efecto. El escribidor dejó la ciudad o abandonó temporalmente el oficio. El caso es que, comenta Reyna, la andanada contra el gobierno cesó.
Mariano heredó el carácter, las buenas maneras y la “voz bajita” de su padre. Hasta hoy ha sido uno de los políticos más carismáticos de Torreón, ciudad a la que por mucho tiempo aspiró gobernar. Reyes Heroles se le atravesó para impedirlo. El criterio era que la política debía ser plural no sólo en cuanto a opciones, sino también en lo relativo a sus oficiantes, y Mariano era “junior”, hijo de ex gobernador. Así que el ungido resultó ser un modesto profesor y diputado local: José Solís Amaro.
Óscar Flores Tapia quiso cumplir el sueño de Mariano, a quien conoció de niño y de cuyo padre fue secretario particular, pero no pudo. Esta vez el presidente José López Portillo optó por Francisco José Madero, de quien había sido jefe como funcionario de la Secretaría del Patrimonio Nacional y el hijo del general Raúl Madero González, presidente de la Junta Federal de Mejoras Materiales de Torreón. López Mercado dejó de ganar como en sus tiempos de capitán de equipo de beisbol infantil.
Al año siguiente, en 1979, Mariano fue recompensado. El PRI lo postuló para diputado federal por La Laguna, pero la elección municipal precedente, entre Homero del Bosque y Edmundo Gurza, del PAN, había sembrado la semilla de la alternancia. Perdió con el panista Juan Antonio García Villa. Hasta que en 1993, por fin, fue candidato a alcalde y ganó por abrumadora mayoría, solo que esta vez contra la voluntad del gobernador Rogelio Montemayor. Mariano renunció un año antes y desde entonces su mal fario persigue a algunos alcaldes de Torreón con la pregunta: ¿Terminará o no terminará?
¿Hasta cuándo, entonces?
“Si hoy o mañana el gobernador Humberto Moreira, los alcaldes, los senadores y los diputados federales y locales del PRI, el PAN, el PRD y el resto de los partidos se sientan a la misma mesa y lanzan un plan de seguridad consensuado, la sociedad vería un principio de solución y todos ellos crecerían. Pero es difícil que siquiera lo piensen, mientras la ciudadanía, Torreón, en lugar de empujar, sigue en la hamaca en espera de que reverdezcan viejas glorias. A las generaciones actuales, por desgracia, las distingue el conformismo”.
Así termina la columna “Despierta, Torreón” (Espacio 4, del 1 de junio). Hasta hoy, ese encuentro amplio y pluralista sigue pendiente, en tanto que la violencia escala cada día. Un acercamiento entre autoridades de distinto signo, e incluso entre futuros rivales electorales, no es una ilusión, sino un imperativo. Pero tampoco es, cierto, la panacea universal. ¿Cuántas sesiones de fotos, por cualquier motivo, no se han celebrado sin que las soluciones lleguen? Incontables. La sociedad recela de la parafernalia. Exige soluciones. El dilema que los ciudadanos plantean en las redes sociales es: ¿Seguridad o inversión en equipamiento urbano? Las respuestas que circulan son para todos los gustos y banderías.
El roce entre gobiernos y su desvinculación de los sectores sociales agrava un problema que se incubó hace décadas. El disimulo de unos y el silencio de la mayoría, lo abonaron. Sin embargo, la actividad criminal no es exclusiva de los miles de abatidos en esta lucha cruenta, cuya decisión de actuar al margen de la ley implica costos personales, familiares y sociales. El negocio de las drogas comporta decenas de miles de millones de dólares al año. Pero el dinero sucio no solo procede de los estupefacientes. También del secuestro y el contrabando de personas, armas, coches.
A veces, bajo ciertos nombres, fortunas, prestigios y buenas conciencias, en apariencia intachables, se ocultan historias infames y truculentas. Las raíces de la delincuencia son profundas y corren en distintas direcciones. Todo lo que tocan, corrompen. Por lo tanto, mientras sólo se criminalice a unos y se proteja a otros, el problema tenderá siempre a crecer. El gobierno federal no tiene más opción que mantener la estrategia contra el crimen organizado, que en Ciudad Juárez ya dio el paso indeseado hacia el terrorismo.
Escenas llenas de sevicia, procedentes de Oriente Medio y de otras regiones en guerra, era común verlas en la prensa, por la televisión o en el cine. Hasta hace poco nos parecían distantes, ajenas. Hoy están aquí, a la vista de todos: en la frontera y en La Laguna. En la calle más común de nuestra ciudad, antes tranquila, o en el crucero menos pensado. El mayor déficit de la lucha contra la delincuencia organizada se refiere al hombre mismo. La mejor manera de reducir las cuotas de sangre y plomo es con inversión en mejores escuelas, educación de calidad y espacios para la cultura y la recreación. Falta atención a los jóvenes, el sector donde la delincuencia tiene legiones de prosélitos potenciales. Mientras más demoren los agentes políticos en ponerse de acuerdo —en lo esencial, por lo menos—, mayores serán los costos.
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