La interrupción de Luz María Dávila al presidente Calderón causó, en el ánimo de quienes lo presenciaron —“en vivo” o en la televisión, como yo—, estupefacción. Hizo visible el dolor, un dolor muy profundo, salido de lo más hondo del corazón, ante el cual, como en la Antígona de Sófocles, la ciudad guarda silencio.
Ante un discurso que intenta poner un cierto orden, ella revela que, en realidad, lo que corre por la sala es el miedo. Y, sin decirlo, hace saber que ese miedo no sirve para vivir. Ese orden, dibujado por palabras que suenan a vacío, no es el que puede hacer justicia porque, ante la muerte de sus hijos, injusta y, ante las palabras, desbordadas, que sólo suman el agravio, no basta saber que habrá clínicas, parques, alumbrado.
Esas acciones no son sinónimo de paz. De la paz que urge en Ciudad Juárez. De una paz donde la vida se viva con dignidad, donde el miedo no mande en las calles, en los bares, en las casas, a la hora de las fiestas. La guerra continuará, aunque haya más centros de terapias para rehabilitar, aunque algunas escuelas sean de tiempo completo, aunque repartan muchas becas. Esa paz que se propone es muy similar a la de un cementerio porque, sin dignidad, el silencio grita el miedo de las muchachas, de los niños, de las madres, de los hombres.
En Ciudad Juárez, los habitantes saben que la salvación no estará en quedarse tranquilos, satisfechos, indiferentes, sino en cuestionar una, dos, muchas veces, si de alguna manera los están echando de sí mismos, de sus casas, de sus fiestas, de su ciudad. Otros se han apoderado de ella. Otros, los que pasean por sus colonias; otros, quienes dan empleo a sus hijos; otros, que se han coludido con quienes han tenido, y tienen, el mandato de brindar seguridad, de garantizar la paz.
Quiero, en este espacio, manifestar mi desacuerdo. No sólo con lo que ha venido sucediendo en Ciudad Juárez desde hace muchísimos años y que poco a poco parece ir sucediendo en otros pueblos, en otras ciudades. Los que mataron a los muchachos son asesinos y sus madres, no sabemos. Culparlas, responsabilizarlas, insultarlas, me parece un despropósito. También debieron haber tenido padre, y a ése, sea quien sea, nadie lo insulta, nadie lo humilla, nadie le pasa facturas por lo que hicieron esos hijos… ¿Hasta cuándo seguirán los insultos a las madres?
Dice W. Benjamin: “En los ámbitos que nos incumben, el conocimiento se da sólo como un relámpago. El texto es como el trueno que después resuena largamente”. Así, las palabras dichas pusieron de relieve, nuevamente, que el dolor resonará el grito de Luz María Dávila: largamente.


