Clara Scherer

En busca de la escurridiza paz

Por Clara Scherer
Impresion Publicado el 01 de marzo 2010

Este anhelo, que seguramente se inició desde tiempos anteriores a la historia (es decir, en la prehistoria) se ha definido generalmente como un estado de tranquilidad o quietud, y en sentido opuesto, como ausencia de inquietud, violencia o guerra., pero la única definición que no es posible es aquella que la supone libre de conflictos.

Éstos se viven hasta en el interior de cada persona y hallar la paz no es nada fácil ni siquiera a este nivel. Negociar con nosotros mismos, cuando sabemos que actuamos con el inconsciente como principal protagonista, nos tiende trampas que somos incapaces de analizar.

Por eso, hablar de paz, considerando la existencia de conflictos y no desembarazarnos de ellos, es hablar de lo que sí es posible. La paz, entonces, requiere metodologías que hagan frente a la resolución de los mismos y, para ello, el primer punto, inescapable, es el establecimiento de reglas claras y que el cumplimiento de las mismas sea puntual. Esto no es lo mismo que rigidez, sino una cierta flexibilidad, en la que cada infracción a las mismas sea discutida abiertamente, con el fin de mejorar la misma regla, cambiarla, para no excluir a quien la infringe sin considerar sus causas.

Y según cuenta Aristófanes, uno de los más reconocidos dramaturgos griegos y destacado autor de “comedias políticas”, las mujeres han descollado en estos afanes. Lisístrata, una de sus obras más polémicas, habla de ellas y una muy original “huelga de piernas cruzadas” para obligar, a los hombres que participaban en la guerra, a dejar las armas (Lisístrata significa “la que diluye los ejércitos”, primera heroína del teatro aristofánico). Lisístrata, mujer de gran entereza e ideas claras, ciudadana ateniense, convoca a las demás a esa extraña huelga. No son ingenuas y deciden, además, ocupar la Acrópolis y cerrar bajo llave el tesoro del Estado

Nos cuenta Aristófanes que “la guerra duraba ya veinte años. Por todas partes podía verse la ruina económica y moral, familias destrozadas, padres ausentes, mujeres solas en casa, hijos muertos en combate, ancianos desamparados. Frente a la negra realidad (rivalidades, intrigas, luchas internas de los partidos, empeño de los varones por mantener la guerra)”, las mujeres deciden que es urgente establecer la paz. Pero quieren una paz digna, una paz negociada por las partes, donde no haya vencedores ni vencidos. Esto es posible sólo mediante acuerdos. Buscar la paz, modificando una política equivocada,

Aristófanes hace un excelente contraste entre “la gran política” y los “pequeños acuerdos familiares” y presenta el desastre de la vida de todos, cuando las mujeres dejan de atender a las necesidades de hijas, hijos y maridos. Una vez logrados varios acuerdos, se firman pactos y se pone fin a la guerra, en medio de una gran fiesta que une a maridos y mujeres en una gozosa reconciliación.

Quizás eso hace falta: sumar a las mujeres a esa búsqueda de soluciones, no sólo en Ciudad Juárez, sino en muchos lugares de México.

 

El contenido y la ortografía de este articulo es responsabilidad del autor.
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