Eran tiempos en los que se confundían los humores. Aún no cerraban las heridas causadas por el Imperio de Carlota y Maximiliano y las Leyes de Reforma seguían turbando el ánimo de los mexicanos. La escuela elemental era casi un buen deseo y no torturaba a todas las madres cada mañana con las prisas para llevar a las niñas y a los niños a estudiar. La Iglesia era la encargada de marcar los horarios y los calendarios. La misa de seis era la primera actividad y la compra del pan y las tortillas para el desayuno, la segunda. Las niñas no iban a la escuela, sino a la Amiga, establecimientos autorizados para enseñarles algo de catecismo con las letras escritas por el famoso padre Ripalda, algo de costura para bordar sueños con punto de cruz, sumas y restas para llevar el gasto y muchos consejos acerca de cómo llegar a ser una buena mujer.
En 1887, Laureana Wright, en su periódico Las Violetas del Anáhuac, afirmaba algo sorprendente: la inteligencia no tiene sexo, aunque no lo decía de manera tan directa.
La cuestión de la desigual capacidad radicaba en la educación recibida, pues los niños tenían acceso al conocimiento y, en cambio, las niñas, sólo a lo fundamental para manejarse en un mundo que, poco a poco, se iba alfabetizando.
Una mujer, producto de estos tiempos, Rafaela Salomé Varela, descendiente del mayorazgo Bohórquez Varela, propietarios de minas, hija de Manuel Jimeno Bohórquez Varela, senador presidente en los tiempos del gobernador de Oaxaca, Benito Juárez (1848) se matrimonió con Félix Díaz, hermano de don Porfirio, en una muy practicada forma de ligar el poder económico con el político.
Sorprende que esta mujer fuera protagonista de una tarea feminista, al participar en una campaña para reivindicar el derecho de las mujeres a participar en los procesos electorales. Prueba de ello, es una colección de documentos que recogen firmas en apoyo de la candidatura de don Porfirio para los comicios de 1900, resguardados en Austin, Texas, y que asombran por tener tres rasgos excepcionales. Primero, todas las firmas son de mujeres. Segundo, las firmas fueron recogidas en muchas localidades de varios estados. Tercero, en el texto se le pide a don Porfirio ser “el emancipador político de las mujeres mexicanas”. “Hasta ahora la mujer se ha tenido como un ser secundario a quien se supone que nada afectan ni importan los acontecimientos públicos del país en que vive [...] La mujer participa de las penas de la sociedad, justo muy justo es, que tome la parte que debe, en buscar el bien de la sociedad en que vive para atraer para ella días de feliz tranquilidad y de apreciable grandeza [...] Sabemos [...] que la Ley civil priva a la mujer de tomar parte en los comicios; por desgracia esto es un hecho hasta hoy sancionado, el cual, la mujer lamenta en su corazón” (Letras Libres http://www.letraslibres.com/index.php?art=10426).
¿Qué diría Rafaela, al saber que su propuesta tardaría más de 50 años en hacerse realidad? ¿Qué opinarían las mujeres que en esa época desafiaron tanto silencio impuesto, de conocer el indignante episodio acreditado como las Juanitas? ¿Cómo exigir justicia electoral, si los partidos son protagonistas de trampas y simulación? Aunque Rudyard Kipling dice que cuando el camino es cuesta arriba y la fatiga ante los múltiples obstáculos agobie el ánimo, hay que darse una tregua, las mujeres no claudicamos. Por eso, ya tenemos una brillante propuesta de reforma política, con perspectiva de género, como lo recomiendan las mentes más brillantes de la ONU.


