Clara Scherer

Una nada inconveniente propuesta.

Por Clara Scherer
Impresion Publicado el 06 de abril 2010

Esta semana, en la que las noticias han hecho temblar las estructuras de poder verticales y más cerradas a la participación de las mujeres, nos están gritando la urgencia de modificarlas.

Por una parte, la Iglesia católica no deja reposo al desasosiego, con la revelación de delincuentes escondidos tras las sotanas, donde las víctimas son niños que pusieron su confianza en el cariño y se toparon con la crueldad de la infamia. Y eso no fue suficiente. El saber de la complicidad, del silencio, de las trampas para no denunciar el delito, hizo que el daño a la credibilidad en la institución fuera mayúsculo. El justificado escándalo ha sido de tal magnitud, que se han escuchado voces reclamando por la renuncia de Benedicto XVI.

Por la otra, los sucesos ocurridos en Monterrey, donde la muerte alcanzó a dos jóvenes estudiantes y el ejército mexicano no encuentra la forma de explicar los hechos, nos deja sobrecogidos y la confianza, cual agua de verano, se evapora.

Todo parece indicar que en estos días, llamados santos, no encontraremos la anhelada “paz del espíritu”, pues en ninguno de los dos casos, la cuestión va más allá de perdones imposibles, en especial para niños y jóvenes marcados por el abuso del poder, o del consabido “investigaremos hasta llegar a las últimas consecuencias”, con lo que nos dicen que todo seguirá igual.

Hay tiempos para todo, como bien se ha dicho, y ahora es tiempo para rediseñar las estructuras de poder, que han propiciado tan aciagos días. La mixitud, esa mezcla que parece tan extraña, tanto a la Iglesia como al Ejército, de mujeres y hombres, que no es otra cosa más que el rostro del llamado pueblo, o de la civilizada sociedad, debiera encontrarse reflejada en todos los ámbitos del quehacer humano, y no porque unas u otros sean mejores, pero sí, sin duda, entienden la vida, el amor y a los niños, desde muy diferentes perspectivas. La diversidad es el signo de los tiempos, e iniciar el diseño institucional con la fórmula más simple, parece aconsejable.

El sino de la humanidad es errar, en el doble sentido de la palabra: errar por caminos desconocidos; errar, confiando en los propios saberes, pero finalmente, errar. Lo importante es, por una parte, intentar la reparación de los daños, que en sentido estricto es una forma de hacer justicia, y por la otra, no repetir ejercicios fallidos de autoridad.

Esto, que incumbe a todos, creyentes o no, mexicanos o extranjeros, tiene que ser considerado por los partidos políticos, ya que es desde ahí, los partidos encargados de seleccionar candidatas y candidatos a ocupar los espacios de poder, desde donde la sociedad mexicana puede actuar para rediseñar estas formas que hacen viable la vida en común.

Por eso, la exigencia de paridad, a la que se tacha de absurda, no es más que puro sentido común. Una sociedad que educa por igual a sus niñas y a sus niños, no puede suponer que unas son menos capaces para ejercer ese asombroso y muy atractivo verbo: poder.

 

El contenido y la ortografía de este articulo es responsabilidad del autor.
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