Nunca habrá justificación para matar a una persona. Quisiera pensar que, ellas y ellos, transformados en sicarios, lo saben.
El sentido etimológico de esta palabra: cum (con) versare (examinar, meditar) descubre una pequeña ventanita de esperanza, en estos tiempos de tan terrible cólera. "Examinar con.", porque parece que la palabra "diálogo" ha tomado el lugar de los antiguos "duelos". Un reto a muerte, donde el mejor "espadachín" de la lengua hiere de muerte a su adversario. Eso dejan entrever las reiteradas invitaciones al diálogo que están haciendo, frecuentemente, los hombres del poder. Pero es más triste el panorama: nuestros "espadachines" ni siquiera tienen la virtud del buen decir.
Entonces, mejor sería que inviten a conversar, a darle vueltas a los asuntos que tienen a la población con un nudo en la garganta y que las varias personalidades sentadas en torno a una mesa se den el espacio para reflexionar juntos sobre las palabras de Rob Riemen, quien, en La nobleza del espíritu, afirma: "Quienes utilizan la violencia se expulsan a sí mismos de la sociedad".
Algo que parece evidente. La ley, cual delgada línea de sombra, divide a quienes quieren pertenecer a una comunidad y a quienes, por perseguir afanes vanos, la cruzan y, quizá, se saben ya con una bala incrustada en medio de la frente.
Conversar con amabilidad, sobre el loco afán por remediar entuertos, y que, careciendo de la genialidad del famoso Quijote y de su no menos poderoso amor por Dulcinea, sólo pueden mirar la triste realidad de las muchachas en flor y la de los, llenos de ilusiones, muchachos mexicanos. Contarles de nuestra inquietud por ver que sus horizontes se han extraviado, al considerar lo que sus ropas delatan: origen y pobreza, y que no queremos saber la noticia de sus miradas perdidas en un atronador minuto de silencio.
Nunca habrá justificación para matar a una persona. Y quisiera pensar que ellas y ellos, transformados en sicarios, lo saben, pero que al encontrar, desde su llegada a este mundo, sólo el vacío, el ruido y el atarantamiento de adultas y adultos ocupados en amontonar billetes, estas muchachas, esos chamacos, quisieron ser mirados, por lo menos a la hora fatal en la que alguien ponga punto final a su existencia.
Conversar, dejando atrás los muchos ropajes con que se cubre la soberbia, traer la hospitalidad en la mirada y reconocer que cada quien habla de la vida según su peculiar paso por ella.
Recordar sabios consejos: hay que enseñar a cuidar del alma propia.
Una forma es la conversación íntima, indagar las causas de nuestros dolores para no echarlos en la cara de algún desprevenido. Inquietándonos por nuestros placeres, buscando procurarlos. Sabernos responsables de una parte, pequeñita, del desastre de quienes no han tenido oportunidades. No agrandarlo, sólo conversar, para frenar tanto desvarío.
También da luz esta consigna: "Debemos volvernos libres". Vivir en una sociedad libre implica sobrepasar nuestros miedos, nuestros prejuicios, nuestra estupidez, nuestros deseos. Intentar la armonía, el equilibrio, conscientes de que más tardamos en tejerlo, que éste en deshacerse en nuestras manos. Afán de poner tantito orden a la vida, al escuchar las palabras de quienes viven con el miedo sentado en la sala de su casa. Mirando a quienes no terminaron la primaria, pero no por eso perdieron el derecho a la vida, a la dignidad, a ser queridos.
La dignidad de la vida de cualquier persona es algo que nos corresponde a todos cuidar. A veces, a pesar de las mismas personas. Por eso, quisiera que volvamos moda la agradable costumbre de la conversación.
*Licenciada en pedagogía
y especialista en estudios de género.


