Es parte del conocimiento popular comprender que los defectos y vicios que vemos en los otros son una imagen de los propios. Por eso para conocerse es necesario aprender a verse reflejado en el espejo que son los demás. Esa aptitud que debería de ser natural y una práctica de perfección diaria se ha perdido.
Los mexicanos no queremos enfrentarnos con nosotros mismos. Rehuimos contemplar nuestros rostros reales y hemos roto los espejos para no vernos reflejados en los otros. Cada uno se piensa inocente y éticamente correcto. Extrapolando esa tendencia individual, cada familia, religión y partido político se creen mejores que los demás y no aceptan sus equivocaciones y desatinos.
Los mexicanos culpamos de todas las formas de corrupción, perversión y escándalo a quienes consideramos son nuestros contrarios, ya sean competidores profesionales, comerciales o deportivos; o bien contendientes políticos o ideológicos. Pero, el maligno favorito de todos es el gobierno y por extensión la clase política, a condición de que sea de un partido contrario.
Todo mundo se confiesa cansado de los políticos y abomina de su inmoralidad; pero, pocos se percatan que la reprobable conducta anatematizada es la misma clase de actuación que la mayoría práctica en sus relaciones familiares, sociales, profesionales y de negocios. En pocas palabras, vemos la paja en el ojo ajeno y no vemos la viga en el propio.
Esa ceguera e insensibilidad impiden ver que la irresponsabilidad, ineficiencia, corrupción y prácticas antidemocráticas, criticadas en los políticos, son los actos comunes y cotidianos de la mayoría. Ese tipo de comportamiento no deja que México cambie sustancialmente. El país no puede transformarse si la gran mayoría adolece de los mismos defectos y en cuanto está en una posición de poder, o en un puesto público los eleva de potencia.
Esa lamentable condición se ha agravado con motivo de la crisis de inseguridad y con las contiendas políticas. Todos queremos tranquilidad y culpamos al gobierno por su incapacidad para establecerla; pero muy pocos respetan en sus vidas las leyes y reglamentos; en dondequiera existe la irregularidad, o la ilicitud; nadie asume que eso es, a la vez, causa y manifestación de la descomposición social.
En las contiendas políticas es grotesco que los partidos, sus afiliados, simpatizantes y comentaristas al tiempo que se ensalzan a si mismos, se desgarran las vestiduras vituperando a los adversarios; sin percatarse de que las diferencias se han deslavado y todos merecen los mismos calificativos despectivos.
El país requiere para evolucionar la transformación cívica de los individuos. Para que cada uno avance en su propio cambio es necesario que se convierta en juez de sí mismo. Sólo las poblaciones altamente civilizadas pueden tener partidos políticos y gobiernos honestos y eficientes.


