El escándalo motivado por las alianzas entre partidos antagónicos, los pactos secretos y las renuncias partidistas, revelan, por una parte, el desprecio de los gobernantes por los problemas reales y la doliente situación socioeconómica; y, por la otra, la veleidosamente triste condición popular que prefiere distraerse con los telones teatrales y el desenfreno especulativo, antes de encarar la realidad.
La conducta general de los actores políticos hace evidente la inexistencia de principios y programas de largo aliento. Tal parece que la mayoría de ellos está obstinada en mimetizarse para que todos se parezcan entre sí. El denominador común es la ambición de poder, dinero y fama inmediatos. En tanto, la situación de la población en lo general es de orfandad y abandono ante el avasallamiento oprobioso de los grupos gobernantes.
Definitivamente, quienes más sufren en las circunstancias actuales son los desheredados, los que viven en la pobreza extrema, y aquellos que sólo trabajan para subsistir. Sin embargo, no se debe seguir ignorando a la clase media típica, para cuyos integrantes sólo existen obligaciones y cargas. Viven con la angustia perenne de perder sus trabajos y con ello su patrimonio. No tienen la influencia ni el dinero de las clases altas, ni los medios de lucha social de los precaristas.
La clase media está formada por profesionistas, técnicos y empleados especializados; pequeños comerciantes, industriales, artesanos y agricultores. Es el terreno ideal para crear y desarrollar la cultura del trabajo y los valores familiares y cívicos. Su existencia es más evidente y, a la vez, más frágil, cuando se agudiza la desigualdad económica; oprimida por las clases altas está siempre en peligro de ser arrastrada por la pobreza.
De acuerdo con Weber, la sociedad se estratifica en tres estatus: el económico, el político y el social. El económico equivale a los ingresos y al capital de que se dispone. El político, al poder de influir, directa o indirectamente, en las acciones de los otros. El social, al lugar que los individuos gozan en la interacción social.
La clase media típica mexicana no goza de ninguno de los estatus señalados: carece de capital, de poder político y de reconocimiento social. Pero, en cambio está agobiada con todo género de contribuciones; sus impuestos no corresponden a la cantidad ni a la calidad de los servicios públicos; la inseguridad y el comercio informal sofocan toda iniciativa; y, además, por ser causantes cautivos pagan los costos de los subsidios a la pobreza, de la inflación y de la evasión fiscal.
En esas circunstancias la clase media típica languidece y con ella se agudiza el debilitamiento de la economía. Por seguridad y para salir del marasmo se debería fortalecer el crecimiento y desarrollo de la clase media para que haya poder adquisitivo, producción y circulación de bienes y servicios; y reducir, así, significativamente la pobreza, desalentar la delincuencia y evitar estallidos sociales.




