En mi artículo de la semana pasada escribí sobre un aspecto muy importante en relación al vino: el cuerpo del vino, a través del cual les platicaba precisamente de la mejor manera de identificar dicha característica. Ahora, en esta ocasión, siguiendo esos pequeños pasos que nos llevan a entender mejor el mundo del vino, me referiré al aroma del mismo.
Así es qué toma tu copa de vino por el tallo, gírala varias veces, acércala a tu nariz, mete la nariz dentro de ella, sin tocar la orilla de la copa, y huele. Vuelve a girar la copa nuevamente para que los vapores del alcohol se eleven y puedas tener un mejor aroma. Ahora si pregúntate: ¿Cuáles son los aromas que percibes?
Si puedes definir, de entrada, si huele a vino blanco o a vino tinto, ya vas por muy buen camino. Podrás ir identificando los aromas de las diferentes uvas, conforme vayas dedicándole más tiempo al tema del aroma del vino. Seguramente al principio te costará trabajo identificar a qué huele, pero con un poco de paciencia y práctica mejorarás.
Mucho del placer que obtenemos al beber vino, viene de olerlo, de su aroma. Al existir tantas clases de vinos y de diferentes variedades de uva, pues como consecuencia también hay una gran variedad de aromas en el vino. Muchas veces, con sólo olerlo, ya se nos hace agua la boca.
Cuántas veces no nos ha pasado que cuando horneamos galletas, por ejemplo, los aromas que salen del horno, están haciendo ya que se nos antojen, antes de probarlas. Lo mismo pasa con el vino, cuando percibimos sus aromas, antes de probarlo, nos anticipa lo que vendrá después. Por eso es muy importante dedicarle tiempo a descubrir el aroma del vino en la copa.
Cada aroma dispara sensaciones diferentes. Conforme vamos probando y oliendo más vinos se extiende nuestro umbral de percepción, e incluso, algunos de ellos nos harán pensar, recordar o traer experiencias a nuestra mente que no necesariamente tengan que ver con el vino. Por ejemplo, un vino tinto nos puede hacer recordar la tarta de fresas de la abuela.
Una vez que gires de nueva cuenta la copa, y pongas tu nariz dentro de ella, trata de definir a qué huele el vino, que por lo general te brindará aromas a frutas, vegetales, hierbas y especias, así como a flores y a tostado. Un vino de muy buena calidad brindará muchos más aromas que aquellos elaborados con una calidad pobre.
Algunos ejemplos de aromas son:
Fruta: durazno, cereza, ciruela, piña, mango, fresas, cítricos, manzanas.
Vegetales: pimientos, aceitunas, espárragos, apio.
Hierbas: mejorana, lavanda, tomillo, salvia.
Especias: pimienta negra, clavos, anís, nuez moscada, canela.
Flores: rosas, violetas, azares.
Tostado: nueces, caramelo, mantequilla, vainilla, café, cacao, humo, chocolate.
En el vino blanco como el Chardonnay, es común encontrar aromas a manzanas verdes, limón y mantequilla. En el Sauvignon Blanc: hierbas, ralladura de limón, espárragos.
En los vinos tintos como el Cabernet Sauvignon: moras, arándanos, cacao, madera y en el Pinot Noir: cerezas, frambuesas, especias.
Mientras más ejercites tu nariz en tratar de identificar qué aromas encuentras en el vino, más podrás definir cuáles son los que te gustan y te aseguro que la experiencia de degustar vinos será más placentera y encontrarás un motivo adicional para que inicies, desarrolles o consolides tu romance con el cosmopolita mundo del vino. Por lo pronto, digamos ¡Salud!



