“Cuando faltaba la luz…”, platicaba el fin de semana un abuelito a un grupo de niños reunidos en el frente de una tienda de abarrotes:
“…, mi madre sacaba una vela del cajón y la encendía y todos los hermanos y primos presentes nos reuníamos en torno a la misma para hacernos compañía. Porque cuando se va la luz, uno no puede ver más allá y se tropieza, cuando falta luz aparecen temores por los inexplicables silencios, olores y ruidos. Parecíamos palomillas frente a un faro – explicaba-, si mamá se movía con la vela, todo el grupo se trasladaba con ella, pues aquella unidad nos hacía sentirnos seguros. La unidad y el silencio propiciado por la falta de luz, desataba en quienes nos encontrábamos juntos, diversos pasatiempos, ocurrencias y aprendizajes, por ejemplo, jugábamos a hacer formas animadas con las manos, que convertían el espacio en un vívido teatro de sombras, lo que nos llevaba a aprender que: primero, las sombras no necesariamente eran malas, podían ser divertidas; segundo, ninguna de éstas existiría si no hubiera luz, por lo que no eran criaturas de la obscuridad absoluta y en tercer lugar sobre todo, éstas eran proyecciones de objetos que generalmente resultaban inofensivos y totalmente distintos a las imágenes que proyectaban.”
¿Qué más hacían? – Preguntó un simpático pecoso de cabellos rojizos- “Pues, contábamos historias, platicábamos cuentos de terror, más que para espantarnos, era como una forma de decirle al otro a qué le temíamos y generalmente después de contarlos, quedábamos aliviados o liberados de ese temor y pues sí, era divertido ver como lo que contábamos, espantaba a otros y se convertía en un juego. La falta de luz nos hacía más domésticos, pues nos obligaba a quedarnos en casa en donde generalmente sólo había un auto y las actividades con los amigos no eran tarde o se desarrollaban también en la casa de alguno.”
Cuando llegué a casa, espere la noche, apagué las luces y encendí una vela como un experimento, las protestas no se hicieron esperar entre los acostumbrados miembros de casa a la t.v. y los vídeo juegos. No faltó quien se asomó a la calle y, aún cuando vio alguna luminaria encendida comentó, pues sí, afuera está muy obscuro para salir y así, al terminar las protestas, las experiencias y prácticas del relato de aquel abuelito se reprodujeron tal cual. Alguien sugirió aprovechar el momento para la reflexión, otro para hacer una oración y no faltó el que sugirió el hacer de este ejercicio una práctica de unidad para platicar y saberse escuchado, porque cuando no hay luz, nuestros oídos están prestos para escuchar al otro y nuestros sentidos internos se afinan.
El más pequeño de los niños comentó, sí, sería bueno hacerlo porque obscuro, obscuro ya está todo, lo malo es que faltan velas, pues aunque hoy usamos linternas y las linternas sirven para señalar y descubrir lo que no vemos afuera, no es igual, ésas no nos juntan ni ayudan a escucharnos y agregó: ¿Por eso les llaman lámparas sordas verdad?. ¿Usted que opina?


