Cuando uno reflexiona sobre su identidad, en aquello que nos hace ser lo que somos, invariablemente se topa con los otros, con los demás, con el él. A este encuentro le llamamos la “eleidad”, la eleidad podría definirse como aquello que me hace ser exclusivamente lo que soy, aquello que me define y me diferencia del otro.
Por ejemplo, piense en algún actor o un personaje como: Einstein, Cantiflas o El Gordo y El Flaco y encontrará que, más que aquellos grandes aportes a la ciencia o a la comedia en este caso, su aspecto, su imagen personal y de éstas, sus imperfecciones o extravagancias puntuales nos permiten reconocer al genio y a su figura.
Generalmente procuramos la perfección y cuando uno observa con juicio sereno a los seres que más ha querido o admirado, se encuentra con que han sido precisamente sus imperfecciones los distintivos más elocuentes que nos hacen reconocerles y apreciarles tal cual son. La Cantifaseleidad, es decir, lo característico de Mario Moreno era… y ahí sobreviene un listado descriptivo con atributos e imperfecciones que lo hicieron ser el genio que fue.
Hace un par de días, recibí en un correo electrónico, copia de un vídeo que anda en la red sobre un “Funeral Chino”, la experiencia que graba las palabras que una viuda dirige a la comunidad durante el velorio de su difunto esposo. En éstas, la deuda recuerda al compañero, al padre, al amigo que en vida fue su esposo por los enormes ronquidos que este emitía durante su sueño y que en ocasiones llegaban a inhibir el sueño de sus vecinos, pero también destacaba que, este atributo equiparable al de un oso cavernario proporcionaba seguridad, confianza y felicidad entre quienes vivían con él.
Ayer celebramos a las mujeres en su día, ahora nos encontramos en el mes de la familia y viene bien recordar que entre el mayor de los tributos y dones que podemos hacernos como seres humanos está el aprecio, no solo la tolerancia hacia nuestras propias imperfecciones, aquellas que matizan, dan carácter o imprimen figura a lo que nos define y que, contra lo perfecto, nos hace brillar como hijos, padres, abuelos o profesionistas.
Nuestra persona es como la música o el canto, no se puede interpretar perfectamente o con la frialdad de un instrumento mecánico o electrónico porque entonces dejaría de proyectarnos de forma integral y el arte perdería su verdadera esencia, sino, recuerden a: Agustín Lara, Armando Manzanero, José A. Jiménez o aquellos cantantes que su genialidad en el canto, su Laraleidad, Manzanereidad o Joseafredojimenezeleidad, no ha sido nunca la perfección o nitidez de su voz como instrumento, sino su pasión y el tinte emocional característico de su interpretación. Qué Viva la familia!. ¿Usted que opina?.




