Es difícil imaginar un crítico, de cualquier disciplina, con una influencia tan grande que los productos que analiza acaban tomando su nombre.
Por ejemplo, la influencia de Walter Mossberg, el crítico de electrónica de consumo de 'The Wall Street Journal', es lo suficientemente grande como para que su palabra sea la Ley, hasta el extremo de haber logrado un extenso perfil publicado en el venerable 'The New Yorker’ y una serie de comentarios más o menos pelotas procedentes nada menos que del consejero delegado de Google, Eric Schmidt. Pero nadie habla de ordenadores ‘mossbergizados’.
Sin embargo, en el mundo del vino, sí se habla de vinos ‘parkerizados’. Son los vinos al estilo de Robert Parker. O sea, con cuerpo, baja acidez y un fuerte nivel de alcohol y roble.
Desde que hace 25 años Parker dejó la abogacía para dedicarse al 100% a la crítica de vinos, su trabajo ha marcado esta bebida. Su boletín trimestral, ‘The Wine Advocate’, tiene 50.000 suscriptores en 37 países, y su sistema de valoración de los caldos, hasta un máximo de 100 puntos, llega al extremo de que algunas bodegas de Estados Unidos ponen en sus botellas la puntuación que Parker les ha dado.
Su prestigio va más allá de Estados Unidos. Como afirma David Cuéllar, director de la empresa 'Great Wines of Spain', “salir en 'The Wine Advocate' es como estar el Google: si no apareces ahí, no existes”.
En un momento en el que el sector ha vivido una burbuja en España —sólo en Ribera de Duero el número de bodegas se ha quintuplicado en la última década— y con el euro fuerte golpeando a los importadores —un precio de 15 euros por botella se transforma casi automáticamente en 25 dólares— la influencia de ‘The Wine Advocate’ no hace más que aumentar.
Si los análisis de Parker (que no están accesibles en Internet) son ‘palabra de Dios’ en países como EEUU, Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda o Alemania, los españoles están descubriendo también la importancia de lograr buenas puntuaciones en el que ya es el mayor mercado del mundo para este bebida, EEUU, un país complicado porque, increíblemente, aquí no hay un solo mercado, sino virtualmente 51: uno por cada Estado más el Distrito de Columbia donde está Washington. Transferir vino de un Estado a otro es a menudo una pesadilla legal.
Una cata con expertos
Ahora bien, ¿cómo funciona en la práctica ese peculiar Google vitivinícola? Lo primero, de una forma curiosa. La cata a la que ELMUNDO.es acudió en una glacial mañana de la ciudad de Baltimore, a 40 kilómetros al norte de Washington, no arrancó con Parker, sino con uno de sus colaboradores, especializado en vinos españoles: Jay Miller .
Parker dejó de catar vinos españoles hace 3 años, y desde entonces Miller se ha convertido en su experto en los caldos de nuestro país.
Miller tiene unos gustos un poco diferentes de los de Parker. A este último “le gusta que los vinos tengan mucha estructura, con cuerpo grande, y que sean un poco masticables, un poco al estilo de los vinos de Toro “pero Miller también aprecia vinos muy finos, elegantes y terminados”, explica David Cuéllar, cuya empresa produce y comercializa Valdrinal (Ribera del Duero) y Alta Pavina (de la Tierra de Castilla y León), que han llevado sus caldos a la cata.
Así, a las 10 y media de la mañana, arranca la cata en el restaurante ‘The Black Olive’, situado lo que es el casco antiguo de Baltimore, una zona de copas y restaurantes aunque, en el pasado, aquí es donde estaban los prostíbulos de la ciudad, cuando ésta era la segunda mayor ciudad de EEUU y su puerto, uno de los más activos del mundo, atraía a marinos de todas las nacionalidades siempre ansiosos de visitar los tugurios de la zona después de sus travesías.
El suelo empedrado —algo excepcional en EEUU— avala esa antigüedad de 200 años, lo que en este país es casi como remontarse a la Prehistoria.
Las catas de Miller son al estilo de Parker: espectacularmente rápidas. Sentado en un salón de ‘The Black Olive’, el catador tiende a seguir una pauta fija. Cada vino es presentado por el importador, Howard Friedman, uno de los líderes del sector en Estados Unidos, que siempre presenta la botella con alguna historia acerca de la bodega, de las barricas que usan, de la uva o incluso de anécdotas que él vivió cuando visitó esos viñedos.
La mayor parte de las bodegas presentes son familiares. Miller se limita a asentir. Es cordial y sonriente, pero no deja espacio a la familiaridad. A fin de cuentas, esto es un examen.
Lo primero que Miller hace cuando examina un vino es mirar el papel que le han dado Cuéllar y su socio Diego Ortega, en el que está el nombre del vino y, a su lado, el precio. Después, mira el vino y escribe algo muy brevemente. Le da unos tres breves sorbos, y escribe después de cada uno de ellos. En total, no necesita más de dos minutos para catar cada vino. A veces Miller hace algún comentario estilo “éste es tropical” (para referirse a un vino con sabor a mango) o “éste es un vino para los sentidos, no para el intelecto”.
Toda una autoridad en vinos españoles
Así, en apenas dos horas, Miller cata alrededor de 40 vinos españoles. Ésa es otra de las marcas de Parker, una de las más controvertidas: su rapidez. De hecho, en los últimos meses Miller ha probado cientos de vinos españoles. Sólo desde principios de año hasta mediados de este mes ha catado vinos de España cada día. Ese interés obedece en buena medida al interés de Parker, que quedó tan encantado con una visita que hizo a Rioja en noviembre que ha decidido que Miller se pase todos los años dos semanas al año en España catando.
Primero caen los blancos, luego los tintos. Ribeiro, Jumilla, Jerez, Ribera… van desfilando frente al experto, un hombre que pasa de los 60, al que le sobran kilos, sobre todo en la papada. Su vestimenta —vaqueros, un jersey verde y una cazadora vaquera— y su pelo cano y largo (aunque sin llegar a la melena) y su perilla le dan un aire bohemio.
Cuéllar y Ortega afirman que “no estamos nerviosos”. Pero, desde luego, tienen los cinco sentidos en la cara de Miller, salvo cuando chequean un ordenador portátil del que sacan datos adicionales para presentar sus vinos.
La cata termina con una comida, en la que Miller paga su parte. Según Cuéllar y Ortega, esa independencia a todos los niveles —personal y económico— es una de las claves del prestigio de Parker. Ahora, a los vinateros españoles les aguardan unos meses de espera hasta ver cómo salen sus caldos en la próxima edición de ‘The Wine Advocate’.
Fuente: www.elmundo.es




